“Lo único que no podés hacer es no contarlo”, me aconseja alguien que de periodismo entiende mucho más que quien escribe estas líneas.

Terminaba de relatar, conmovido aún, lo que había presenciado el fin de semana anterior en un hospital porteño ubicado dentro del denominado “anillo rojo”. Antes, le había confiado mis dudas sobre relatar lo que había visto.

Es lo que hago ahora tomando sus palabras. Cuidando cada frase que anoto sobre la página.

La historia comienza a las seis de la tarde de ese sábado ceniza y frío. Al atender el celular, la voz acongojada de uno de los médicos clínicos que trabaja allí desde hace más de 15 años recita una queja: “Hay cosas de esta pandemia que no se están diciendo. Acá tenemos fallecidos en los pasillos”.

No somos amigos, pero nos une una larga relación. La suficiente para creer en aquel tono grave.

La guardia clínica en la que trabaja está abarrotada de pacientes con dolencias ajenas al nuevo coronavirus. Una fractura expuesta. La urgencia por un cuadro compatible con un ACV. El lavaje de estómago por un intento de suicidio.

De un estante saca una serie de prendas. Es un kit de protección. Camisolín, barbijo, cofia y cubre calzado. Señala un pasillo. Caminamos. Los pasos, los míos, no retumbaban. La fina tela amortigua los golpes de los tacos sobre el piso oscuro.

La luz cenital blanca se refleja en los azulejos opacados por el tiempo. Al final del camino se distingue una puerta color crema y un cartel que anuncia “VESTUARIO DE HOMBRES”. A la derecha de ese ingreso, acomodadas una detrás de la otra, y paralelas a la pared, hay tres camillas. Sobre ellas, varios bultos. Son bolsas de color rojo. Las cruza una cinta rotulada con letras azules escritas a mano que advierten: “COVID +”.

Las palabras sobran. De todos modos, el profesional explica: “Son pacientes que estaban en terapia. Fallecieron por coronavirus”.

La representación de esos cuerpos, la mayoría adultos mayores, dentro de las bolsas dobles para cadáveres es perturbadora.

Antes de ser descartados en ese extremo del hospital, pasaron por un protocolo similar al de otras enfermedades como la producida por el virus del Ébola. La bolsa con el cuerpo, los elementos personales del paciente fallecido y la camilla son desinfectados con una solución de hipoclorito de sodio (lavandina).

La muerte siempre es dolorosa. Por lo general se transita en compañía de un ser querido. O, al menos, no hay impedimento para eso.

La muerte por coronavirus se vive en absoluta soledad. No hay un último beso. Están prohibidos los abrazos, el beso final al ser amado. Ni siquiera una mirada húmeda de despedida.

El silencio en el lugar aturde.

¿Por qué están esos cuerpos están ahí? ¿Por qué hay otros frente a la morgue del hospital? Si los espacios en la morgue están completos, ¿por qué no los depositaron en los containers refrigerados para cadáveres que tiene el centro médico y que fueron instalados por el Ministerio de Salud porteño en el marco de la emergencia sanitaria en los hospitales del Muñiz, Tornú, Santojanni, Penna, Piñero, Rivadavia, Pirovano y Álvarez?

Cada uno de ellos tienen capacidad para 30 cuerpos. Es decir 240 cadáveres.

Las primeras respuestas las da el médico que me llevó hasta allí como testigo. Los camilleros cumplían una medida de fuerza por falta de elementos de protección. La protesta: no llevar los cadáveres a las morgues o a los contenedores refrigerados para cadáveres.

¿Es necesario dejar los cuerpos en los pasillos para solicitar esos elementos de primera necesidad, imprescindibles para quienes están expuestos al peligroso virus? Parece que sí. Después de la medida sindical llegó el material sanitario.

Fue uno de esos camilleros quien justificó con datos lo que parecía una aberración. Lo hizo mientras caminábamos por las calles internas del lugar. El hombre, con una serie de planillas y gráficos en la mano, explica con algunos ejemplos: en el Hospital Santojanni seis colegas suyos enfermaron de COVID-19. Si se suma al resto del personal, la cifra asciende a 61.

Los datos oficiales del Ministerio de Salud de la Ciudad de Buenos Aires mostraban que, entre el 25 de mayo y el 17 de julio, había 846 trabajadores de la salud infectados solo en los hospitales públicos porteños.

Y peor aún, hasta el 23 de julio, los efectores de salud enfermos por COVID-19 en todo el país eran 10.643. Una enormidad.

Mientras dialogo con el camillero, debajo de uno de los frondosos árboles del parque, se recorta la figura metálica de esa especie de morgue externa. Varias camillas, cuatro en ese momento -sin cuerpos- están a un lado. El día anterior, ellas habían trasladado igual cantidad de cadáveres de pacientes fallecidos por el nuevo coronavirus y que aún estaban en su interior.

 

Ante la consulta de este medio, los funcionarios del ministerio a cargo de Fernán Quirós respondieron sobre los containers refrigerados: “Los ocho hospitales tienen un espacio más reducido en sus morgues. Actualmente, las morgues continúan con capacidad disponible, por lo que se trata de una medida de refuerzo preventiva”.

Esa última afirmación parece, al menos, inexacta.

Médicos, camilleros y enfermeros de varios hospitales, entre ellos el Santojanni, afirman que el box refrigerado para cadáveres se usa y que ha utilizado cuando la capacidad de la pequeña morgue instalada fue superada “ya que allí se disponen también los cuerpos de fallecidos también por otro tipo de afecciones o accidentes”.

Todo indica que los funcionarios sabían que los muertos serían muchos más de los que el sistema hospitalario podía contener. Prevenir siempre está bien. Es preferible eso a los que ocurre, por ejemplo, en la vecina Bolivia, donde la policía tuvo que recoger más de 400 cadáveres en calles y casas particulares.

¿Con días de 28, 30, 35, 40 fallecidos en la Ciudad de Buenos Aires -algunos de ellos en el sector privado- no es lógico que las morgues, preparadas para una cantidad menor de fallecidos, necesiten ser desalojadas con prontitud para poder continuar con su habitual trabajo? ¿Qué tiene de malo eso cuando los muertos son los que son? ¿Por qué negar la evidencia?

El pasado miércoles 22 de julio, fecha en que Franco Fafasuli, el reportero gráfico de Infobae, tomó las fotos que ilustran esta nota, al lado del container refrigerado había cinco camillas. Sobre dos de ellas se observan los guantes de látex utilizados por los camilleros como medida de protección mientras trasladan las bolsas especiales con los cuerpos.

Pregunta al margen. ¿Los guantes que quedaron a la intemperie, no se deberían haber descartado como “residuo patológico” ante la posibilidad de que hayan estado en contacto con alguna superficie contaminada con carga viral?

El hospital donde el profesional médico me mostró los cuerpos apilados forma parte del denominado “anillo rojo”, o “anillo 1″. Está compuesto por el Santojanni, Fernández, Argerich y Muñiz.

Son los que fueron especialmente equipados para atender la pandemia que llegó a la Argentina. En ellos se habilitó una mayor cantidad de camas, tanto comunes como de terapia intermedia e intensiva. Se los dotó de más respiradores y containers refrigerado para cadáveres y bolsas para trasportarlos.

Cuentan con Unidades de Terapia Intensiva (UTI), Unidad de Terapia Intensiva Intermedia (UTIM), Unidad Coronaria (UCO) y Shock Room.

Si su capacidad se llegara a saturar, los enfermos por el nuevo coronavirus deberán ser derivados a los hospitales Pirovano, Tornú, Alvarez, Durand y Ferrer. Forman el circuito del “anillo amarillo” o “anillo 2″. Cuentan con terapia intensiva e intermedia. Es decir con una complejidad algo menor a los anteriores.

Por último, la “refuncionalización hospitalaria” determinó que el “anillo verde” o “anillo 3″ esté integrado por el Piñeiro, Zubizarreta, Velez Sarfield, Penna, Rivadavia, Ramos Mejía y Grierson. Allí se atienden las patologías más comunes y son la última opción para internar pacientes enfermos del nuevo coronavirus. Su complejidad solo comprende camas de Unidad de Terapia Intensiva.

Después del levantamiento de las medidas de fuerza de los camilleros, los cadáveres no se volvieron a acumular en el mal iluminado pasillo del centro de salud.

Mientras me alejo su arboleda, su estructura, la caja metálica con equipo de refrigeración para los cadáveres “COVID +” se confunden en la oscuridad de la noche cerrada.

Deseo no volver allí.

La admiración por quienes a diario le ganan a la muerte es más profunda.

“Lo único que no podés hacer es no contarlo”, me aconsejaron. Es lo que acabo de hacer. Espero haber encontrado las palabras.

Fuente: Infobae